Felice Capasso: "Para pararme tendrían que matarme"

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El campeón del mundo de World Class 2025 habla sin filtros: del Nápoles de su infancia a los secretos de una competición que, dice, te enseña más sobre ti mismo que cualquier otra cosa

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Hay algo en Felice Capasso que no encaja con el fiordo. Tal vez sea su gestualidad, o la velocidad con la que encadena las ideas, o ese calor de fondo que se filtra en cada uno de sus argumentos. Lo que resulta evidente es que, a pesar de llevar casi una década en Oslo, no ha perdido un solo grado de temperatura mediterránea. A los 14 años trabajaba en una barbería del sur de Italia. A los 18 se plantó solo en Londres sin conocer a nadie, con el inglés justo para sobrevivir. De ahí a Australia, a Dubái, a España, y finalmente a Noruega, donde fundó la primera escuela de espirituosos del país y se ganó el apodo de Signor Dry Martini.

El 2 de octubre de 2025, en el Fairmont Royal York de Toronto, se convirtió en el mejor bartender del mundo al ganar la 16ª edición de World Class frente a 51 finalistas de seis continentes. Lo hizo con Nápoles como argumento: una funda de vinilo con "That's Amore", un cóctel llamado Between Us que evocaba una esquina de barrio, y la certeza de que para ganar no es necesario traicionarse a uno mismo. Su filosofía tiene la misma arquitectura que sus cócteles: nada de excesos, con todo el peso bien repartido. Lo que Capasso defiende detrás de la barra –menos ingredientes, mayor profundidad– es también lo que ha guiado cada decisión de su vida. Para entenderle, basta con escucharle (o leerle).

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"Mi carrera real empezó cuando, con 18 años, me mudé a Londres, que es la catedral del bartending. Todo lo anterior fue otra cosa"

P. Cuando eras niño, ¿qué soñabas ser de mayor? R. Crecí en Nápoles y, como cualquier niño del sur de Italia, mi sueño era ser futbolista. Pero fue un algo fugaz, porque me puse a trabajar siendo todavía muy pequeño. P. Tuviste una infancia particular. R. Sí. Con 14 o 15 años trabajaba en una barbería. Antes había ayudado a mis abuelos en la granja. Ambas cosas las compaginaba con la escuela. Y de ahí salté a la hostelería. P. ¿Cómo caíste en el mundo del bar? R. En el sur de Italia tenemos lo que llamamos bares lounge: bares de café que también sirven aperitivo. Allí estaba yo trabajando cuando se unió al equipo un barman de flair –disciplina acrobática del bartending–. Me fascinó de inmediato. Un día le escuché recitar de memoria las recetas de cinco o seis cócteles clásicos y no podía creerlo: ¿cómo se acuerda de todo eso? Y encima los hacía bien, estaban buenísimos. Le pregunté dónde había aprendido y me apunté a la misma escuela. P. ¿Recuerdas el primer cóctel que preparaste? R. Mi carrera real empezó cuando, con 18 años, me mudé a Londres, que es la catedral del bartender. Todo lo anterior fue otra cosa. De aquella época recuerdo tres cócteles que quizá fueron los primeros: el Godfather –mezcla de whisky y amaretto–, el mojito y el martini.

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"La mayoría de los consejos que he recibido a lo largo de mi carrera no los he seguido. Y precisamente por eso he tomado las decisiones correctas"

P. ¿Has tenido maestros en tu carrera? R. Alessandro Palazzi, del Dukes Bar de Londres. Tiene cerca de 70 años y, en mi opinión, es el mejor bartender que ha existido jamás. Nuestro vínculo va mucho más allá de lo profesional: es una figura paterna para mí. P. ¿Cuál es el mejor consejo que has recibido en coctelería? R. Si te soy sincero, la mayoría de los consejos que me han dado no los he seguido. Y precisamente por eso he tomado las decisiones correctas. Nuestra industria está llena de gente fantástica, pero también de personas frustradas que no van a guiarte en la buena dirección. Lo que realmente ha sido útil en mi carrera ha sido aprender a filtrar los consejos. P. ¿Para ser un gran bartender hace falta tener un talento especial? R. Creo que el talento está sobrevalorado. ¿Qué es el talento? Una habilidad cognitiva natural para hacer algo. Y solo con eso no llegas a ningún sitio. El trabajo de bartender es el más fácil del mundo y al mismo tiempo el más complicado, porque necesitas un conjunto más amplio de recursos: comunicación, tecnología, redes sociales, saber hacer buenas bebidas, entender costes, ser organizado, limpio, tener don de gentes... El talento natural no es suficiente. Por eso respeto mucho más a quien consigue las cosas con trabajo que a quien simplemente tiene un don para ello. P. ¿Qué destacarías de tus propias habilidades? R. Que nunca me rindo. Jamás. Para pararme tendrían que matarme, literalmente. Soy así desde niño. Para aprender cualquier nueva habilidad necesitas un gran esfuerzo, y yo siempre estoy dispuesto a echar el resto. P. ¿Te definirías entonces como un bartender con estilo de luchador de UFC? R. Puedes llamarme así [risas]. Y también tengo una mente analítica: antes de hacer cualquier cosa necesito analizarlo todo a fondo, entender mis puntos fuertes y mis debilidades. Si eres incansable y analítico, llegas muy lejos.

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"El olfato está conectado con la amígdala. A través de la bebida somos capaces de evocar emociones reales en la gente. Y eso es un superpoder"

P. ¿Crear un buen cóctel está más relacionado con saber quitar ingredientes o con añadirlos? R. Hoy diría que importa más saber quitar que añadir. Creo en respetar el espirituoso de base y dejar que brille: si metes cinco cosas en una receta, acabas enterrándolo. En el menú que llevo cuando viajo tengo un cóctel de fresa que a veces genera sorpresas. “¿Tan simple?”, me preguntan. Y yo respondo que sí, porque un ingrediente sencillo no creará necesariamente un cóctel aburrido si sabes trabajarlo. Añades un poco de acidez, unos bitters, una solución salina, y de repente tienes algo con profundidad real. Tres ingredientes –Johnnie Walker Black Label, sirope, un poco de cítrico– y la gente me dice que es el mejor trago que ha tomado en meses. La sencillez bien ejecutada siempre gana. P. ¿Cuál es tu objetivo al crear un cóctel? R. Simplemente crear algo bueno. Punto. Las cosas no necesitan ser complicadas. Y al mismo tiempo hay una cosa que encuentro fascinante: el olfato está conectado con la amígdala, la parte del cerebro que procesa la memoria y lo que nos mueve por dentro. Eso significa que a través de la bebida somos capaces de evocar emociones reales en la gente. Y eso es un superpoder. P. ¿Sigue siendo el bartender ese confidente al otro lado de la barra? R. Absolutamente. Pero hay que tener cuidado y no exagerar. Alguien puede ir a un bar a desahogarse hablando con el bartender igual que otro va al gimnasio o le pega a un saco de boxeo. Y aunque es verdad que hay mucho arte y oficio en lo que hacemos, no hay que olivdar que somos bartenders: servimos copas. P. En tiempos convulsos como estos, ¿a quién te negarías a servir en tu bar? R. A nadie. Absolutamente a nadie. Si quieres ser político, puedes serlo en tu vida privada. Pero en tu trabajo debes ser profesional, y eso implica hacer cosas que a veces no te apetecen: limpiar el suelo, fregar los baños, servir a quien sea. Creo que estamos construyendo una sociedad demasiado centrada en el yo, en los deseos del yo, y eso es peligroso. La democracia implica que quien entre por tu puerta debe ser atendido.

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“¿La exigencia de World Class? Acabas con cero energía, el cerebro frito, una semana sin dormir ni comer, meses de preparación encima...”

P. ¿Con qué metáfora describirías World Class? R. Es como un maratón. World Class es una competición única: no existe nada parecido. La razón es que te pone en un contexto en el que la única manera de llegar lejos es desarrollar un conjunto de habilidades que probablemente no tenías antes de entrar. Tienes que ser analítico, flexible, incansable. Cambias tu concepto o tu bebida mil veces en tres semanas. Gestionas el estrés y las emociones bajo presión. Te enseña muchísimo sobre ti mismo. Habla con cualquier campeón de World Class y todos te dirán lo mismo.

P. ¿Crees que el ego es importante para ganar World Class? R. En otras disciplinas como el cine, quizá tener mucho ego significa saber lo que quieres por encima de lo que te dicen los demás durante un rodaje. En World Class es distinto: tienes que encontrar el equilibrio entre quién eres y lo que la competición te pide. Me pasó en Shanghái, en mi primera final mundial. Hubo un desafío en el que había que sincronizar un cóctel con música y una narración. Había visto ediciones anteriores en que la gente ponía techno y bailaba, y pensé: eso no es lo mío. Me quedé en mi ego. Y fracasé. Alguien de World Class me dijo algo que me marcó: "El problema es que pensabas en cómo querías hacer el desafío, no en lo que el desafío te pedía". En otras palabras: pon el ego a un lado. Al año siguiente, en 2025, me enfrenté a un reto similar. Me pregunté si existía una manera de hacer lo que me pedían sin traicionarme a mí mismo. Soy italiano, me encanta la música, vivo a fondo el aperitivo. Me aferré a eso, puse una canción de Dean Martin, quise contagiar el espíritu de Nápoles. Mientras lo hacía, veía al jurado disfrutar. No tuve que bailar. Fui yo mismo e hice lo que el desafío pedía. Fue un instante revelador. P. ¿Hubo algún momento en que pensaste que no ibas a ganar? R. Sí. Cuando llegas al Top 10, ya estás contento: eres uno de los diez mejores bartenders del mundo. El último desafío, el Speed Round, me salió fatal: creo que fue uno de los peores de la historia [risas]. Creí que había perdido. Y sin embargo estaba en paz, porque sabía que no podría haber dado nada más. Me quedaba cero energía, tenía el cerebro frito, llevaba una semana sin dormir bien ni comer, cargaba con meses de preparación encima... Estaba convencido de que iba a ganar Gabriele [Armani, representante de España]. Hasta que anunciaron mi nombre. P. ¿Cómo es que ya habías competido en una final mundial de Shanghái el año anterior? R. Hice la final mundial dos años seguidos, algo muy poco habitual. Normalmente, si ganas World Class en tu país, tienes que tomarte un año sabático porque te necesitan como embajador de la competición y para actividades comerciales. Pero yo hablé con los responsables de mi mercado y les pedí volver a intentarlo en 2025. Aceptaron, con una condición: no podía hacer nada remunerado con ellos en 2024 por conflicto de intereses. Sin problema, respondí.

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"Lo mejor de ganar World Class no es viajar alojándote en los mejores hoteles del mundo: es ver a las personas que creyeron en ti cuando estabas en tus peores momentos celebrando como si hubieran ganado ellos"

P. ¿Cómo cambió tu vida ganar World Class Global? R. Hoy estoy viviendo el mejor momento de mi vida. Es agotador –trabajo siete días a la semana, sin descansos ni vacaciones–, pero hay una satisfacción enorme. Lo mejor de ganar World Class no es viajar alojándote en los mejores hoteles del mundo: es ver a las personas que creyeron en ti cuando estabas en tus peores momentos celebrando como si hubieran ganado ellos. Y luego está la otra parte: recibo mensajes a diario de gente que me dice que admira mi mentalidad, que lleva tiempo luchando contra la ansiedad o el estrés, que quiere hacer World Class y no se atreve. No soy psicólogo, pero me gusta compartir mi experiencia con ellos. Cuando sientes que un consejo tuyo ha ayudado a alguien, eso va mucho más allá de la gloria. P. ¿Qué le falta a los bartenders para tener el mismo reconocimiento social que los grandes chefs? R. La televisión. Es así de sencillo. Gordon Ramsay, Marco Pierre White... llegaron a millones de personas porque aparecieron en pantalla. Para los bartenders, ese camino es más complicado: las plataformas de streaming tienen restricciones con el alcohol, hay más trabas legales, es más difícil monetizar.... P. Háblanos de tu escuela en Oslo, Sesto Senso Academy. R. Sesto Senso es un proveedor de cursos WSET –el Wine & Spirit Education Trust–, la entidad más importante del mundo en educación de destilados y vino. Soy educador certificado de espirituosos y, recientemente, también de vino. En Noruega he formado al 80% de los bartenders del país en 4 años. Ahora el mercado se me ha quedado pequeño y estoy pensando en expandirme. Aún no sé adónde, estoy abierto a sugerencias [risas]. P. ¿Crees que listas como 50 Best Bars crean bares mejores o simplemente los hacen más famosos? R. Las dos cosas, y no tienen por qué excluirse. Mi posición es simple: es una democracia. O juegas y lo haces bien, o no juegas. Quejarse desde fuera no sirve de nada. Conozco bares que no están en la lista y hacen muchísimo dinero, porque lo que mantiene un local abierto son los clientes que pagan, no los rankings.

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"Los bartenders italianos llevamos la hospitalidad en el ADN. Somos cálidos, no nos tomamos las cosas demasiado en serio. Y exportamos una cultura que el mundo lleva décadas admirando"

P. Fuera del bar, ¿qué te apasiona? R. Las artes marciales. Las descubrí hace poco y me enamoré: boxeo, kickboxing... Aprendes disciplina, a administrar tu energía... Cosas que luego aplicas directamente en el trabajo. P. ¿Cómo es para ti el bar perfecto? R. Es un lugar donde la gente lo pasa bien. Punto. P. Dame cinco bares que siempre sean para ti una apuesta segura. R. El Dukes Bar de Londres, sin duda. Es el mejor bar del mundo. El Svanen, en Oslo. L'Antiquario, en Nápoles. Oriole, en Londres. Y Sips, en Barcelona. P. Se acaba el mundo y estás al otro lado de la barra. ¿Qué te pides? R. Un Martini o un single malt. P. El año pasado tres italianos os colasteis en el Top 3 Mundial de World Class. Y en la escena española tus compatriotas dominan las barras de templos como Paradiso, Sips, Dr. Stravinsky... ¿Qué tenéis que no tengan los demás? R. El desempleo en Italia es alto, lo que nos empuja a buscar fuera. Pero también llevamos la hospitalidad en el ADN. En mi casa, mi madre me puso a cocinar con 10 años. Somos cálidos, no nos tomamos las cosas demasiado en serio, y eso nos hace buenos anfitriones. Además exportamos una cultura –la italiana– que el mundo lleva décadas admirando. Eso siempre ayuda.

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Smiling person enjoying a cocktail outdoors in bright lighting
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