Así es Boadas: la catedral donde Barcelona aprendió a beber

El bar de cócteles más antiguo de la ciudad celebra 92 años con una nueva generación al mando y el Daiquiri más legendario de Europa
La puerta roja del número 1 de Carrer dels Tallers te hace viajar en el tiempo. Al cruzarla, Las Ramblas –los manteros, las despedidas de soltero, el caos ruidoso– desaparecen de golpe. Los sustituye el tintineo del hielo contra el metal y el murmullo de la gente celebrando a otro ritmo. Boadas es un triángulo. No metafóricamente: ocupa la esquina del edificio y su geometría lo explica todo. Caben unas cuarenta personas de pie. Hay taburetes altos pegados a la barra y, en su perímetro, sobresale una estrecha repisa donde apoyar la copa. Sus paredes de madera panelada estilo Art Déco no han variado desde 1933. Tampoco el retrato en gran formato de María Dolores Boadas, que preside la sala con la misma calma con la que preparó Daiquiris durante medio siglo. Los bartenders –chaquetilla aguamarina, la única novedad visible desde el relevo de 2022– se mueven con una precisión que no se improvisa. "¿Qué os pongo?", pregunta uno de ellos. Y elegimos el clásico, el Daiquiri de Boadas, que llega a medio camino entre frío y congelado, con virutas de hielo flotando en la superficie. La receta viene directa de El Floridita, el bar de La Habana donde Miguel Boadas aprendió el oficio bajo la tutela de Constante Ribalaigua –apodado "El Rey de los Cocteleros"–, quien lo perfeccionó hasta convertirlo en la bebida favorita de Hemingway. La experiencia es distinta a la de cualquier otro lugar. Boadas no es un bar de moda, y aun así tiene un mérito extraño. En sus 92 años ha logrado algo único: convertirse, al mismo tiempo, en destino turístico e institución de barrio. ¿Cuántos bares del mundo pueden decir lo mismo?

Miguel Boadas Parera nació en La Habana en 1895, hijo de emigrantes catalanes de Lloret de Mar. Con 13 años entró a trabajar en el bar de unos primos –un local llamado La Piña de Plata que el mundo acabaría conociendo como El Floridita– y allí conoció a Constante Ribalaigua. De él recibió algo más difícil que cualquier receta, el convencimiento de que detrás de una barra no solo se sirven bebidas: se gestiona el tiempo de los demás. Allí aprendió también la técnica del throwing: lanzar el cóctel en arco largo entre dos vasos mezcladores, aireándolo y enfriándolo hasta lograr una textura que no existe de otra manera. Un arte que traería consigo a Barcelona, y que, sin este bar, habría desaparecido del mundo occidental. Volvió a Cataluña en 1922, trabajó en varios locales y el 24 de octubre de 1933 abrió este bar decorado al estilo del Floridita. Sus amigos le regalaron una coctelera gigante. Los escépticos le dieron dos años. Se equivocaron por noventa. Durante más de tres décadas, Miguel convirtió Boadas en el punto de encuentro de la intelectualidad y la bohemia barcelonesa. Por este triángulo pasaron Hemingway –que le conocía de El Floridita–, Picasso, Miró, Dalí, García Lorca, Greta Garbo o Josephine Baker. La fama cruzó fronteras, y el bar se convirtió en leyenda mucho antes de que alguien pensara en hacer listas. ¿Lo curioso? Hoy está en ellas.
Cuando Miguel murió en 1967, su hija María Dolores tenía 32 años y ya llevaba la mitad de su vida aprendiendo el oficio. Cuenta la leyenda que él, en sus últimos días, tuvo una visión: la habitación llena de gente pidiendo cócteles. Ella trajo la coctelera. Él la agitó una última vez y se la devolvió: "Toma, continúa mi obra." Lo que siguió es uno de los episodios más singulares de la hostelería española. En un país donde la mujer necesitaba permiso marital para abrir una cuenta bancaria, María Dolores se convirtió en referente pionero de la coctelería española al frente del bar más reconocido de Europa. Manuel Vázquez Montalbán la llamó "la sacerdotisa de la Luna, de perenne sonrisa perlada". No era exageración: durante medio siglo, ella fue Boadas tanto como Boadas era ella. Respondía a esos elogios con la misma ecuanimidad con la que despachaba Daiquiris: sin aspavientos. Murió en febrero de 2017. En décadas más recientes, los clientes han seguido siendo notables: Almodóvar, Serrat, Kevin Costner... Pero el testimonio que mejor captura el peso de este lugar es el de Javier de las Muelas, fundador del Dry Martini, que descubrió su vocación en Boadas siendo muy joven: "Me quemé con la llama de la cultura del bar", afirma.


En noviembre de 2022 llegó el cambio más significativo desde la fundación de Boadas. Simone Caporale y Marc Álvarez –los creadores de Sips, coronado número uno del mundo por World's 50 Best Bars en 2023– adquirieron la mayoría del negocio por cerca de un millón de euros. Jerónimo Vaquero, que había entrado de aprendiz el mismo año en que murió Miguel y nunca se marchó, conservó una participación pequeña y el derecho a descansar después de medio siglo. La pregunta era inevitable: ¿qué hacer con esto? Caporale, que había liderado el Artesian de Londres en sus cuatro años como mejor bar del mundo, la respondió con una frase que ya circula por la industria: "Me gustaría pensar que el dueño de Boadas es Barcelona, y nadie más". Y lo cumplió. ¿El valor invisible de este bar? “Siempre le digo a mi socio que, además de valer cada céntimo, habría sido feliz de invertir lo mismo solo por la "luz" que ves dentro del bar”, añade Caporale. Lo confirma quien hoy lidera su barra, Lobsang López Cees: "Hay sitios que se erigieron en un momento concreto y esa magia no la puedes crear otra vez", dice. Los cambios fueron los justos: pago con tarjeta –la facturación subió un 35% de inmediato, dato que ilustra el coste real del romanticismo del efectivo–, recetas estandarizadas que antes vivían solo en la memoria de cada bartender, y la desaparición del throwing de los Dry Martinis. ¿Por qué? La nueva dirección considera que el método perjudica la calidad final del cóctel.
En Boadas no hay carta en el sentido moderno. Hay una propuesta de Clásicos, Clásicos Modernos y Originales, y una pizarra detrás de la barra con el Cóctel del Día. Pero la experiencia real empieza cuando dices qué sabores te atraen y el bartender construye desde ahí. Ceder el control y que alguien lo asuma con convicción es uno de los gestos más escasos de la hostelería actual. El Daiquiri de Boadas –ron ligero, lima, azúcar– es la conexión umbilical con Cuba y el cóctel que define el local. "Yo creo que la nueva ola es el clásico", explica Lobsang. "No puedes ganarle a un Daiquiri. Puedes hacer lo que quieras, pero no le ganas". El resto de la carta tampoco pide disculpas. El Dry Martini llega en copitas diminutas llenas hasta el borde. El Adonis, con sus notas de jerez, recuerda que la moda ha enterrado sabores sin razón. Y entre los Originales aguardan el Sofia Loren, el Ballet 1950 y el Daiquiri 1933. ¿Una regla sin excepciones desde el primer día? Aquí no hay cerveza, no hay vino, no hay chupitos. Solo cócteles.


En los círculos profesionales, Boadas no necesita listas para ser respetado. Su apodo –"La Catedral"– lo dice todo. The Oxford Companion to Spirits & Cocktails le dedica entradas separadas al bar y a su fundador, un honor que muy pocos establecimientos del mundo pueden reclamar. Bartenders de medio planeta peregrinan hasta esta esquina como quien visita un lugar donde pasó algo importante... Porque pasó. Y sigue pasando. El 90 aniversario reunió en la barra a figuras como Salvatore Calabrese, equipos de Harry's Bar París y Caffè La Trova de Miami. Una peregrinación de leyendas hacia el lugar que, en cierto modo, las precede a todas. En 2025 llegó el reconocimiento formal: el puesto 85 de la lista extendida de World's 50 Best Bars. Para Lobsang López Cees, Bar Manager de Boadas, ese momento tuvo un significado que va más allá del ranking: "Mi mayor premio sería ir a la tumba de Miguel Boadas, hacerle un Daiquiri y dejárselo. Porque es suyo. Le pertenece".
Nos gusta...
Su forma triangular, que obliga a todo el mundo a estar cerca de todo el mundo.
El Cóctel del Día en la pizarra: un clásico olvidado que regresa por unas horas.
Que no haya cerveza, vino ni chupitos. Solo cócteles, desde el primer día.
Nos encanta...
Que Caporale y Álvarez –los mismos que construyeron SIPS– hayan elegido preservar en lugar de reinventar.
La modernización que no se nota pero se bebe: recetas estandarizadas, cócteles más precisos que nunca.
Su ubicación a pocos metros de La Rambla. Un oasis en pleno caos y lejos de la ruta habitual de coctelerías de Barcelona.
Nos vuelve locos...
El Daiquiri a medio camino entre frío y congelado. La misma receta de Ribalaigua para Hemingway.
Que el retrato de María Dolores siga presidiendo la sala. Como si la sacerdotisa no se hubiera ido.
92 años de historia en un espacio donde caben cuarenta personas. La proporción perfecta.
Boadas Cocktails Carrer dels Tallers, 1, Ciutat Vella, Barcelona Precio de los cócteles: 11-14 euros Lunes a sábado, 17:00-01:30 boadascocktails.com
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