Lobsang López Cees: “La historia no se compra. Boadas es un templo imposible de replicar”
El Bar Manager de la mítica coctelería barcelonesa lidera su renacimiento junto a Simone Caporale desde el respeto más absoluto a la tradición clásica

Lobsang –Ramón, por el DNI– llegó a las barras por castigo. Su padre, gerente de una cadena de hoteles, le empujó hacia el sector con 16 años porque no quería estudiar. Lo que vino después resultó inesperado: el estudio autodidacta, el salto a Barcelona, el lounge de Nobu, y una oferta que lo cambió todo... Simone Caporale había comprado Boadas, el mejor bar clásico de Barcelona, y necesitaba a alguien que lo entendiese por dentro. Lobsang tenía 28 años cuando aceptó.

"Yo de pequeño quería ser Indiana Jones. Hoy como bartender siento que en parte lo he conseguido”
P. Durante tu infancia, ¿qué soñabas ser de mayor? R. Indiana Jones. Mi madre fue arqueóloga y me pegó esa cultura desde pequeño. Cuando vi la película era mi personaje favorito, y me dije: quiero ser como él. Estudié historia, y la verdad es que, aunque no soy exactamente Indiana Jones, con mi trabajo viajo, recorro mundo, investigo el pasado. En parte lo conseguí [risas]. P. Tu nombre tiene resonancias tibetanas. ¿Por qué te llamas Lobsang? R. En los papeles me llamo Ramón, como mi abuelo, porque en el 93 no te podían poner nombres que no fueran cristianos. Pero desde pequeño, en casa y en el colegio, todo el mundo me ha llamado Lobsang. El nombre viene de mi madre, que es un poco esotérica: estaba limpiando la biblioteca cuando se le cayó un libro, 'El Tercer Ojo', de Lobsang Rampa. Ella lo interpretó como una señal. Como si yo le estuviera diciendo cómo llamarme. Y la verdad es que hoy siento que el nombre me pega: siempre he tenido mucha afinidad con la filosofía lamaísta, budista. P. ¿Has estado en el Tíbet? R. Es uno de mis sueños pendientes. Lo tienen muy hermetizado y solo se puede llegar con tours muy controlados, pero tengo el contacto de un cliente de Nepal que se encarga de excursiones desde allí. ¡Le conocí en la barra de Boadas!

“Mi padre me puso detrás de la barra con 16 años porque no quería estudiar. No me enseñó nada: para aprender a preparar un café, me dijo que fuera al bar del lobby y le preguntase a Angelito”
P. ¿Cómo caíste en el mundo del bar? R. Mi padre era gerente de una cadena de hoteles. Yo de pequeño era bastante delincuentecillo, no quería estudiar, y él tenía mano dura. Me decía: “Si no estudias, trabajas”. Me ayudó a entrar en el bar principal de uno de los hoteles. Tenía 16 años recién cumplidos. No me enseñó nada: me dejó allí y me dijo que si quería saber cómo se hacía un café, fuera corriendo al bar del lobby y le preguntase a Angelito. Así aprendí: por intuición, preguntando, equivocándome... P. ¿Cuándo encontraste tu sitio detrás de la barra? R. Lo supe al ver un shaker. Había música de jazz en el piano bar del hotel y un tío lo agitaba. Yo pensé: quiero ser él. Ese fue el detonante. Desde ese momento fui introduciéndome en la coctelería, solo, sin pedir ayuda a nadie. Llegaban comandas de veinte mojitos, veinte "Sex on the Beach", catorce piñas coladas, y yo a tope. Luego me pasaron al piano bar, que era más fino, más exigente, y ahí empecé a estudiar por mi cuenta: libros del siglo XIX, la historia detrás de cada cóctel, su contexto, su técnica. Vi que la coctelería mezclaba todo lo que me había apasionado desde pequeño, igual que la historia del arte. Y me enamoré. P. ¿Cómo llegaste a Barcelona y qué te llevó a Boadas? R. Llegué en 2017 y empecé en El Nacional, en Paseo de Gracia. Aprendí también a cortar jamón, a entender el vino, los quesos. Siempre me ha gustado ser todoterreno, pero la coctelería era mi sitio. Acabé como manager del lounge de Nobu, y un día Simone Caporale vino como cliente, se tomó un par de clásicos y me dijo que llevaba mucho tiempo sin tomar un Daiquiri tan bueno. La propuesta de Boadas me llegó a través de un compañero que volvía de Roma. Pero había una complicación: mi primera visita a Boadas había sido bastante trágica. Entré al que se supone que era el templo de la coctelería clásica en Barcelona y me encontré a gente bebiendo latas de la Rambla dentro… Era como ir al Potala [monasterio mítico en la capital del Tíbet] y encontrarte grafitis. Cuando me ofrecieron el trabajo pensé: económicamente supone dar veinte pasos atrás, pero es la oportunidad de proyectarme muchísimo más. Y acepté.

"Los jóvenes clientes que entran hoy a Boadas son los que dentro de 30 años vendrán convertidos en señores mayores. Es como una serpiente que se muerde la cola"
P. ¿Cómo fue recibido el cambio de dueños por la clientela más antigua de Boadas? R. El primer año fue duro. Había gente que no aceptaba nada: agresivos, maleducados, algún racista, preguntando a los italianos del equipo por qué no se iban a su país. Esa gente, lo siento mucho, se ha autoeliminado sola. Yo siempre lo digo: quien vive en un bucle está condenado a no salir de él. Y tienes que aceptar el cambio. P. ¿Qué tiene Boadas que no se puede comprar ni replicar? R. La historia. Tú puedes abrir un bar enorme, con inversores, moderno, vanguardista, lo que quieras... Pero hay sitios que se erigieron en un momento concreto y esa magia no la puedes crear otra vez. Boadas es un templo igual que lo fue el Harry’s Bar en París o el Bar Savoy en Londres. Es como las iglesias antiguas. No las puedes replicar. Y la gente lo siente: te pierdes dentro, se te pasa el tiempo volando y no quieres salir. P. ¿Cómo es el público de Boadas hoy? R. Brutal. Puedes tener enfrente a un señor mayor que llega del teatro y pide su cóctel de siempre, a un nerd de la coctelería que te pregunta por la temperatura exacta del Daiquiri, a alguien influyente de la industria y a turistas que entran por primera vez. Y eso, que puede parecer caótico, es exactamente lo que no debe cambiar nunca. Los jóvenes que entran hoy son los que dentro de 30 años vendrán convertidos en señores mayores. Es como una serpiente que se muerde la cola. P. ¿Hay alguien que simbolice ese espíritu para ti? R. El señor Pere. Tenía 92 años, conoció a Miguel Boadas en persona y se tomaba un Dry Martini cada día. Hablar con él era muy nutritivo: te sabía contar cualquier historia del local. Me explicó que George Orwell estuvo aquí cuando escribió “Homenaje a Cataluña”, que Ibáñez –el de Mortadelo y Filemón– debía una cuenta en el bar. La última vez que vino a Boadas lo noté apagado. Intuí que era su última visita. Le di un abrazo y me despedí bien [se emociona]. No volvió. En estas interacciones entiendes por qué Boadas es la Catedral.

“Para ser un gran bartender tienes que emocionarte con lo que haces. Yo busco el efecto wow con pocos ingredientes”
P. ¿Qué papel tiene la conversación en tu manera de trabajar? R. Enorme. La socialización en el bar es lo más humano que tenemos. En la calle somos hormigas que van de un punto a otro. Pero cuando llegas al bar y te sientas, ya eres tú mismo. Mucha gente se desahoga: ha tenido un día duro, necesita hablar, y aunque no mencione directamente su problema, puede sentirse mejor charlando de cualquier otra cosa. Y también funciona al revés: yo he conocido los bares a gente que ha cambiado mi vida. Si no hubiera hablado con Simone en Nobu, no estaría aquí. La conexión humana es lo más importante, y ocurre a ambos lados de la barra. P. ¿A quién no le servirías nunca una copa? R. A alguien que no sabe estar. Si te lo aviso una o dos veces, a la tercera te pido que te marches. Tiene que haber respeto mutuo. P. Para ser un gran bartender, ¿hace falta un don especial? R. Sí. Pero no es lo que la gente cree. Hay gente que técnicamente sabe más que yo: rotovap, centrifugadoras, todo. Pero no tienen tanta pasión. Yo veo a mi equipo trabajar y es muy inspirador. Tienes que emocionarte con lo que haces y disfrutar cuando le cambia la cara a alguien al probar tu cóctel. El efecto wow con pocos ingredientes. Eso es lo que busco. P. ¿Qué es para ti el bar perfecto? R. Humanidad, autenticidad y detalle. Una vez escuché a una clienta habitual decir, en voz muy baja, que el Gimlet estaba bueno pero le hubiera gustado un poco más seco. No me acerqué a ella. Le dije a mi compañero: hazle un Gimlet con diez de lime cordial y diez de lima fresca, y dile que has intuido que lo quería más seco. La mujer se quedó sin palabras. Ese detalle –que no te esperas– es lo que marca la diferencia. P. ¿Cómo fue aparecer en la lista 50 Best en 2025? R. Todo un logro.Para mí fue muy emotivo, sobre todo por el equipo y por Miguel Boadas. Mi mayor premio sería ir a su tumba, hacerle un Daiquiri y dejárselo allí. Porque es suyo, le pertenece. Hemos conseguido internacionalizar Boadas aún más, que lo conozca todo el mundo. Y creo que era lo que faltaba.
“Tienes que saber desconectar. Esta industria te quema si no lo haces. Hay que aprender a ser un monje interior”
P. Es curioso porque Boadas no encaja exactamente con el perfil habitual de 50 Best. R. Yo creo que la nueva ola es el clásico. La gente se está dando cuenta de que no puedes ganarle a un Daiquiri. Nosotros somos artesanos más que creativos. Como decía Sasha Petraske [mítico fundador del bar Milk & Honey en Nueva York], para hacer un buen cóctel solo tienes que exprimir la lima en el momento, usar buen producto y coger la copa más fría del congelador. Para mí eso es la perfección. La historia no se compra, y los sitios con solera –Boadas, Harry’s Bar, Bar Savoy ...– son imposibles de crear hoy. P. ¿Cuál es tu cóctel favorito? R. El Americano es el que más me tomo: fresco, ligero, aromático. Pero el Daiquiri es mi obsesión. P. Hiciste un cóctel con Don Julio para los Goya 2026 inspirado en La Cena. ¿Cómo se construye una receta alrededor de una película nominada? R. Quise jugar con la memoria de la peladilla de anís. Lo blanco de fuera sería lo pulido: los oficiales bien vestidos, la cena impecable. Y la almendra amarga dentro, los cocineros republicanos queriendo escapar. El Don Julio Reposado lo envuelve todo: cálido, especiado, con ese amargor justo al final. No era un cóctel para todo el mundo, tampoco lo hice para todo el mundo. Pero quien lo probaba decía oh, esto me recuerda a... Y eso es exactamente lo que buscaba: un cóctel sobre la memoria. P. Se acaba el mundo y estás al otro lado de la barra: ¿Qué te pides? R. Un Dry Martini. Partes iguales, ginebra, vermut seco, orange bitters y olivas. Dos, por favor. Para mí el Dry Martini es el padre de todos los cócteles: cuanto menos ingredientes, más mimos necesita, más control de dilución y temperatura. P. ¿Qué otras pasiones tienes además del bar? R. Skate, escribir, dibujar, música –toco la guitarra y el bajo, he tenido bandas–. Ahora mismo me estoy leyendo todo sobre Alejandro Magno y su entorno. Pero lo que más defiendo es el descanso. Esta industria te quema si no aprendes a desconectar. Hay gente que acaba teniendo mala vida. Hay que aprender a ser un monje interior, respetarte. En mi día libre no quiero saber nada del trabajo: necesito vaciarme para volver lleno y con la cabeza fresca. P. Dinos cinco bares que sean siempre una apuesta segura para ti. R. Sips y 14 de la Rosa, aquí en Barcelona. Luego me voy lejos: Bar Leone en Hong Kong, un sitio muy cálido; The Diplomat, también en Hong Kong, que fue probablemente donde más disfruté –me hicieron un Daiquiri con incisión de sésamo que me hizo rendirme, y eso que soy escéptico con los Daiquiris–. Y Dante, en el West Village de Nueva York: el concepto de tomarte cócteles a las nueve de la mañana con el brunch es algo que me encantó.
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