Así es la Listening Room de Johnnie Walker en Juana la Loca: el lugar donde Madrid vuelve a escuchar

Restaurante, coctelería y templo nocturno en el Retiro: lo que fue La Peligrosa renace con tortilla de culto, barra de pinchos, DJs hasta tarde y una sala insonorizada donde la música deja de ser ruido de fondo
En esa esquina del Retiro donde durante tres años La Peligrosa firmó algunas de las noches más canallas de Madrid, hoy se ensaya una revolución muy necesaria: la escucha activa. Se llama Juana la Loca, ocupa el número 3 de la calle Menorca y guarda, tras una puerta con la imagen de Sabrina Carpenter, su rincón más singular: la Listening Room de Johnnie Walker.

Rebobinemos. En 2021, Joe Pérez –director creativo, melómano confeso, hombre de salas y directos– creó La Peligrosa y la convirtió en lo que prometía su nombre: un restaurante punk-aristócrata. Rock clásico a todo trapo, vinilos y memorabilia de coleccionista —una guitarra de B.B. King incluida—, directos, sesiones de DJ y una barra abierta hasta las tantas, todo bajo un neón que era pura declaración de intenciones: Reggaeton Will Destroy You. Cero disculpas. “El nombre definió muy bien lo que éramos: gente rebelde”, resume. El invento funcionó, pero tenía una grieta: la cocina iba siempre de telonera. “Teniendo un local tan bonito, en una zona tan histórica como el Retiro –a pocos metros de Arzabal o La Catapa–, era un pecado no tener un restaurante de verdad” explica.
Así que decidió cambiar de marcha. Se alió con Juana la Loca, esa institución que despacha desde 2001 en La Latina cerca de 1.400 tortillas al mes –para muchos, sencillamente las mejores del mundo– y que dominaba justo lo que a él le faltaba: el oficio de los fogones. "Yo sé de música; de comida lo único que sé es comer bien y mucho", dice entre risas. La Peligrosa y la Loca: hasta los nombres parecían hechos el uno para el otro. La fusión salió tan rodada que hoy media clientela ya las junta sin querer: Juana la Peligrosa.
La Listening Room es solo parte del trayecto, pero Juana la Loca tiene muchas pieles. Joe ha creado en su interior varias zonas con carácter propio, cada una pensada para un plan distinto, aunque nada impide encadenarlas todas en una misma visita. El recorrido arranca prácticamente desde la misma acera. Donde durante años presidió el famoso árbol inspirado en Tim Burton –que el director norteamericano llegó a firmar– hay ahora una hilera de mesas bajas asomadas a la calle: un rincón donde se come casi al aire libre. Un paso más adentro espera la barra, el nuevo orgullo de Joe. Con la llegada de los pinchos, dos amigos pueden acodarse en sus banquetas, pedir uno de tortilla con un cóctel y cenar en quince minutos. Aquí no se viene a guardar las formas, sino a recuperar la conversación de barra de toda la vida, esa que se daba por extinguida. Enfrente se abre la segunda barra, la de la cocina vista. Es la zona del show: mesas altas, fogones trabajando a ojos del cliente y una energía que invita a levantarse a bailar entre plato y plato. Y al fondo del todo, el backstage, el único territorio que se ha negado en redondo a cambiar. Música en directo, sesiones de DJ y nocturnidad sin reloj: sigue tan salvaje como en los tiempos de La Peligrosa.


Pero eso no es todo. En el centro del local, a mano derecha, donde antes hubo una tienda de discos, existe un rincón en el que Madrid deja de sonar. Hoy es un búnker: una sala pequeña, insonorizada a conciencia, levantada para una sola cosa. “Queríamos que entraras en un sitio donde el tiempo se para y la música recupera la prioridad”, explica Joe. La premisa es tan elemental como subversiva: aquí la música no es el fondo de nada. No te acompaña mientras chateas, mandas un mail o contestas wasaps: suena para que la escuches. Para explicar qué es una Listening Room, Joe enumera primero lo que no es. “No es un sitio donde la prisa tenga cabida. No es un sitio para sacar el móvil, ni para mandar e-mails, ni para reuniones de trabajo, ni para ver powerpoints. Es un sitio para disfrutar de la música y de las conversaciones de amigos al mismo tiempo.” Que dentro no haya cobertura tampoco es casual: el aislamiento acústico se la lleva por delante, y el wifi no se ofrece a la ligera. “La gente, al ver que no hay señal, desiste con el móvil”, cuenta Joe. Y el castigo es magnífico: dos horas de máxima atención con los otros presentes.
El equipo de sonido es analógico por convicción. Aparatos de los años setenta, alta fidelidad y uno de los poquísimos rincones de Madrid donde todavía suenan casetes. Joe lo defiende con un argumento muy actual: en plena fiebre de la IA, que nos iguala a todos el cutis y el logo, él reivindica justo lo contrario. “En la Listening Room queríamos ese toque de imperfección, ese leve siseo de la cinta, un poco como el ruido del aceite en la cocina que incluye lo más difícil de fabricar: nostalgia”. La noche en que catorce personas pidieron cenar mientras giraba entero el vinilo de Thriller, Joe lo tuvo claro: “algo hemos hecho bien”. Y en el fondo de todo hay algo que va más allá de la música. “Volver al monotasking y, sobre todo, volver a escuchar. En general no estamos escuchando ni a los amigos ni a la música.” Lo plantea como quien receta un tratamiento. Y casi lo es: una cura discreta contra la dispersión.


El ritual en la Listening Room tiene sus propias reglas: un disco recomendado por cena –como las sesiones de Miles Davis previas a Kind of Blue– y cócteles monográficos que van a la raíz de cada artista. La sala se reserva sobre todo para grupos y músicos, y ya han desfilado por ella nombres de peso. Los primeros, Siloé, antes incluso de la apertura del local. “Son uno de los representantes del pop-rock español más importantes que hemos tenido”, asegura Joe. Detrás vinieron Dani Fernández, DJs amigos y clientes llegados de fuera de España. Y la filosofía de la casa asoma hasta en los gestos más pequeños: el día que Ludovico Einaudi tocó en el Movistar Arena, le mandaron una tortilla.
A la hora de pedir, poca duda. La tortilla mantiene intacta la receta de 2001 –"tiene un poco la fórmula de la Coca-Cola", con su punto picante y dulce– y todavía arrastra peregrinos desde media España. Pero la carta va mucho más allá. Está el Hatzu, ese sándwich de atún rojo en panko con mayonesa de kimchi y caviar de trucha por el que el propio Joe confiesa debilidad; un tiradito de corvina; un buen ibérico; un rabo de toro que pide pan; y, de remate, un volcán de dulce de leche con helado de coco que el dueño jura que es el mejor que ha probado. En cuanto a la coctelería, orbita alrededor del Johnnie Sour, aunque Joe hace campaña abierta por el Black Coco: Johnnie Walker Black con coco, invención de Enrico Basile en tiempos de La Peligrosa, que en la casa llaman sin pudor "el cóctel de Joe".

Nos gusta…
Su barra de pinchos, para cenar en quince minutos.
Las variedad de zonas del local, de la calle al backstage.
La decoración de las paredes, ahora con Sade, Patti Smith o Sabrina Carpenter.
Nos encanta…
El Hatzu, el sándwich de atún rojo en panko.
El Black Coco, alias "el cóctel de Joe".
Su volcán de dulce de leche con helado de coco.
Nos vuelve locos…
La Listening Room de Johnnie Walker: insonorizada y sin cobertura.
La tortilla, fiel a la receta de 2001 y una de las mejores del mundo.
Las previas de conciertos en el Movistar Arena, con sesiones de música temática.
Juana la Loca (Retiro) Calle Menorca, 3. Madrid. Ticket medio: Menos de 40 euros. juanalaloca.es
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